
Aunque por un breve periodo de tiempo, este verano hemos tenido ocasión de conocer un poco Rumania, ese país que nos evoca Transilvania y los vampiros. Debido a su menor desarrollo económico comparado con sus vecinos del oeste, posiblemente Rumanía no cumpla los requisitos para entrar en la Comunidad Económica Europea. A cambio, posee una naturaleza exuberante, desde la espectacular desembocadura del Danubio en el Mar Negro pasando por las intrincadas montañas y frondosos bosques de los Cárpatos. En su interior vive una gran variedad de especies animales entre las que destaca la mayor densidad de grandes carnívoros, linces, lobos y osos de Europa.
En definitiva un paraíso para aficionados a la naturaleza y desgraciadamente también para algunos cazadores y empresas del sector que en los últimos años han florecido al amparo de la liberalización económica. Aunque todavía son minoría, cada vez más cazadores se desplazan a esas tierras dispuestos a pagar miles de euros a cambio de cobrarse como trofeo un animal que en nuestras fronteras administrativas está en grave peligro de extinción y legalmente protegido. Entre ellos el Rey Juan Carlos, quien a primeros de octubre acompañado de su séquito lideró una cacería en la que abatió nueve osos (uno de los cuales era una hembra gestante) y un lobo. Ambas especies están protegidas por la Convención de Berna desde 2001 que tanto Rumanía como el Estado español firmaron. Este hecho ha generado en Rumanía un encendido debate político en víspera de las elecciones presidenciales. La mayoría de los ciudadanos rumanos ha condenado la cacería o mejor habría que definirla como ejecución pues se trata de disparar desde una cómoda posición sobre un animal que acude a un cebo podrido o carnuz.
Mientras otros mandatarios como el presidente del Estado francés Jacques Chirac han condenado estas prácticas, el Rey participa y legitima las matanzas de osos en los Cárpatos. No es la primera vez que el monarca español visita Rumanía, este año es la segunda y en la época de Ceaucescu el propio dictador invitaba a Don Juan Carlos a compartir sus orgías venatorias. Y es que el monarca no se contenta con perdices, codornices o conejos como la gran mayoría de cazadores. Esta misma primavera cazó un bisonte europeo en Polonia, otra especie en peligro de extinción.
En Inglaterra la práctica de la controvertida caza de zorros por el Príncipe de Gales le ha generado un chaparrón de críticas. En el Estado español, en cambio, esta salvaje cacería perpetrada lejos de nuestras fronteras es recogida de refilón por los grandes medios de comunicación, más pendientes del posible embarazo de la nuera que de los excesos cinegéticos del Rey. Y lo que es todavía más lamentable, Don Juan Carlos es miembro honorífico de ADENA grupo ecologista que adopta posicionamientos tan loables como el rechazo al pantano de Itoiz. Increíble pero cierto.
El Rey se salta a la torera la legislación medioambiental internacional y con el dinero de todos realiza crueles ejecuciones de animales indefensos para satisfacer su perversa afición pseudocinegética. Flaco favor el que este señor realiza a la caza, a la naturaleza y la ética en general.
Iruñea-Pamplona, 29-X-04 Juanma Hernandez Agudo (Miembro de Ekologistak Martxan Iruñea)